¡Cómo pasa el tiempo! Mira por dónde, así como quien no quiere la cosa, la semana que viene ( el día 16 para ser exactos) un servidor cumple sus bodas de plata.
Parece mentira, pero hace ya veinticinco años (¡25!) que disfruto de mi matrimonio con Clara. Mi musa, mi amor y mi sostén en todo momento. Una joya de mujer con la que he vivido intensamente experiencias de todo tipo. Periodos alegres que con su presencia lo han sido mucho más, y tristes momentos que con su ayuda lo han sido mucho menos. De hecho no concibo mi vida sin ella, y si creyera en esas cosas diría que es la encarnación de mi propia alma, la esencia que da genuina razón a mi existir.
Pocas cosas puedo decir sobre Clara, aparte de que espero seguir al menos veintinco años más en su compañía, compartiendo vivencias que su sola presencia enriquece y sublima. Con derecho a prórroga, ey, sin fecha de caducidad. Desde luego tuve suerte, muchísima suerte, al conocerla una lejana noche en una cena de amigos. No creo que nadie en el mundo, ya sea animal, vegetal o mineral, hubiera tenido la santa paciencia de aguantarme a mí y mis manías durante tanto tiempo. Y encima parece que, en ocasiones, disfruta y todo... (?)
Muchas cosas hemos vivido Clara y yo juntos, desde luego. Y todas han sido intensas. Dicen que detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer. Yo puedo asegurar que junto a un hombre alto también puede haber (la hay, la hay) una mujer extraordinaria. No suelo escribir de ella, de mi Clara, muy a menudo porque hay cosas que se llevan muy hondo, no hace falta explicarlas ya que en palabras pueden sonar a falso. Pero lo que sí tengo muy claro es que no habría disfrutado tanto de la vida sin su estimulante presencia a mi lado. Si Ortega y Gasset (no recuerdo cual de los dos) era él y su circunstancia, lo único seguro es que un servidor soy yo y mi Clara. Y de igual forma espero que ella sea ella y su Joan Antoni, pues una pareja ha de funcionar en sus dos extremos para ser completa.
Por una vez digo todo esto, saliendo de mi costumbre, porque he estado a punto de comprarle a Clara un pequeño paraíso como regalo por tantos años de maravillosa convivencia. Me enteré que Sealand estaba en venta y pregunté el precio. Nada que hacer, desde luego, tendré que pensar en otro regalo más baratito. El diminuto principado de Sealand se ha puesto a la venta, pero su precio excede mi presupuesto: 15 millones de euros. Toma castaña.
Parece ser que se trata de una plataforma artificial construida en el mar del Norte durante la Segunda Guerra Mundial. Un fulano de nombre Roy Bates, antigüo mayor del ejército británico, se la quedó para sí al descubrir que se hallaba fuera de las preceptivas tres millas que conformaban las aguas territoriales del Reino Unido. Incluso se sacó de la manga una moneda propia, creó una bandera, encargó un himno nacional y comenzó a otorgar pasaportes a los amigos y simpatizantes. Pero ahora, con 85 años a cuestas, se ha cansado de vivir en la vieja plataforma, entre vientos huracanados, frío y lluvia. Así que vende su paraíso a precio de ganga. Si alguien está interesado, ya lo sabe.
A mí no me preocupa demasiado. Yo ya tengo mi paraíso particular junto a Clara.





